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Iglesia Catedral
Nuestra Señora de las Mercedes
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HOMILÍA EN EL 37º ANIVERSARIO DE LA CONSAGRACIÓN DE LA IGLESIA CATEDRAL DE JERICÓ
(Catequesis sobre el sentido y significados de la Catedral)
Seguimos caminado en esta jornada en honor a la Virgen de las Mercedes, celestial Patrona de Jericó y de la Diócesis. Nos congrega la fe en Jesucristo, para escuchar su palabra, alimentarnos del pan eucarístico y sentir la protección maternal de la Virgen María, la Señora de las Mercedes.
Y en el marco de esta jornada, celebramos hoy un aniversario más de la consagración de nuestra Catedral. Veinte de Septiembre de 1969... Hace 37 años.
Toda la comunidad Diocesana se congregaba en este sagrado recinto, presidida por el Obispo de entonces, el inolvidable Monseñor Augusto Trujillo Arango, en una fiesta eclesial, para consagrar esta catedral y dedicarla a la Madre de las Mercedes.
Y como la liturgia no simplemente recuerda hechos pasados, porque no tendría sentido vivir de recuerdos, sino que revive, actualiza y hace nuevamente presente lo que celebramos, hoy queremos vivir otra vez ese acontecimiento. Solo los mayores recordarán esa fiesta. Pero a través de los signos de la liturgia podemos vivirla nuevamente.
Todo habitante de Jericó pronuncia la palabra "Catedral" como punto de referencia. La silueta de la Catedral identifica a este pueblo. Pero hay que conocer el profundo significado que encierra. La Catedral no es un templo cualquiera, ya Pablo VI decía: "Toda Catedral tiene un misterioso encanto". Ningún edificio sagrado encierra el encanto de una Catedral. Ella tiene algo que inspira, atrae y conmueve.
¿Cuál será la razón de ese atractivo?, ¿Dónde reside ese misterioso encanto?. Alguien podrá decir: en la grandiosidad de sus dimensiones. Para nosotros, acostumbrados a vivir en pequeños apartamentos, construidos en serie, el espacio inmenso de una Catedral nos impresiona y nos hace sentir muy pequeños. La verdad es que hay otros edificios gigantescos, los grandes rascacielos desafían el espacio y sin embargo no conmueven el espíritu, además, no todas las Catedrales son grandes en tamaño, en Colombia hay unas muy pequeñas, que parecen Iglesias parroquiales: Cartago, Valledupar, Buga, Chiquinquirá y Riohacha.
Entonces cuál será el atractivo de la Catedral. ¿Será su antiguedad?. Hay muchas Catedrales que parecen desafiar el paso del tiempo y de ellas brota el eco de siglos lejanos, deseoso de salir de oscuras profundidades, como un canto de los antepasados, y ese canto nos produce emoción, pero de inmediato nos damos cuenta que se trata de algo inmaterial, sensaciones de momento, recuerdos del pasado, además, no todas las catedrales son antiguas, ésta, la nuestra, apenas tiene treinta y siete años, pudiéramos decir que está en plena adolescencia.
Hay entonces algo más que nos inquieta al penetrar en el recinto de la Catedral, algo que es eterno, que no es un simple documento de historias pasadas. Toda Catedral es un edificio muy expresivo, cargado de un profundo simbolismo que es preciso interpretar. Intentémoslo, haciendo un recorrido por ella.
Lo primero que vemos es que hunde sus cimientos muy profundo y se levanta hacia lo alto. Quien se acerca a Jericó, lo primero que divisa es la silueta de la Catedral. Así es la Iglesia, hunde sus raíces en Cristo dos mil años atrás, se fundamenta en la roca que es Cristo, está llamada a desafiar el paso del tiempo, se levanta por encima de las dificultades, nació perseguida y las fuerzas del mal no podrán contra ella.
Al entrar en la Catedral nos impresiona la altura de sus muros, sus columnas que se elevan como mirando al infinito, es que quiere invitarnos a remontarnos al mundo del espíritu, a pensar con dimensiones de eternidad, a adentrarnos en el misterio de Dios. Qué pequeños somos ante Dios. Que inmenso es el amor infinito de Dios. Y si avanzamos por sus naves, experimentamos que algo nos envuelve y nos transporta. La gracia de Dios nos remonta hasta el mundo del espíritu.
El punto focal de toda la Catedral es el altar. Un solo altar, de piedra, macizo, sólido, simboliza a Cristo, el único Salvador, la roca firme sobre la que se asienta la Iglesia. El altar no es un mueble, es un lugar teológico, representa a Cristo. No se construye un altar para adornar el templo, se construye un templo para cubrir el altar. Allí se hace presente cada día, en el sacrificio eucarístico, Cristo vivo. Por eso, el celebrante cada vez que inicia y termina un rito litúrgico besa el altar, es el beso amoroso de la Iglesia a su Señor. El altar de nuestra Catedral tiene algo muy bello, está levantado sobre piedras, recogidas personalmente por Monseñor Augusto Trujillo Arango en cada una de las parroquias de la Diócesis, es la unidad de la Iglesia Diocesana fundamentada en Cristo.
Todos los fieles de la Diócesis miran este altar y desde allí sienten que está presente su parroquia: Betulia, Concordia, Salgar, Ciudad Bolívar, Betania, Hispania, Andes, Jardín, Valparaíso, Caramanta, Támesis, La Pintada, Tarso, Pueblorrico y Jericó, con todas las pequeñas parroquias de sus corregimientos. Ninguna sobra. Todos somos una piedra viva en el edificio espiritual de la Iglesia Diocesana.
Rodeando el altar, como haciendo guardia de honor, aparecen doce enormes columnas, símbolo de los Doce Apóstoles, aquellos hombres con los que el Señor levantó la Iglesia. La fe que predicaron los Apóstoles, el Evangelio que ellos anunciaron, es la fe y el Evangelio que nosotros anunciamos hoy. La Iglesia que preside hoy el Papa Benedicto XVI, es la misma que Cristo confió a Pedro y los demás Apóstoles.
Al fondo está la Sede del Obispo. No es una silla cualquiera, es la cátedra del Maestro, el Obispo hace las veces de Cristo Maestro, nos transmite la verdad del Evangelio, allí nadie se sienta, sólo el Obispo, que es el legítimo sucesor de los Apóstoles, el maestro autorizado de la verdad, por eso hoy está vacía.
Y si miramos más al fondo, vemos la imagen de Cristo Crucificado. Siempre la Cruz ha sido el signo distintivo del cristiano, este es un Templo cristiano, quien penetre aquí de inmediato mira y ve la Cruz, como punto de referencia. La misma estructura de la Catedral tiene forma de Cruz, un crucero, con el altar al centro y en sus dos brazos, dos lugares bien significativos: el bautisterio y la capilla del Santísimo Sacramento.
Detengámonos en el bautisterio. Allí resalta, hasta por su tamaño, la pila bautismal, donde nacemos a la vida de Dios en las aguas sacramentales del bautismo, cuna donde nacemos para Dios, qué valor tan grande tiene. Recordemos a la Beata Madre Laura Montoya, que besaba llorando la pila de la antigua Catedral, donde nació a la vida de Dios. Mirar la pila bautismal es pensar en nuestro propio bautismo y sentirnos invitados a una vivencia cristiana más intensa. Allí, junto a la pila bautismal, está el trono de la Madre, la Madre de la Iglesia, la Señora de las Mercedes. Ella, mirando hacia la pila bautismal, vé nacer a la gracia a muchos Jericoanos y desde el día del bautismo extenderá su manto maternal para cubrirlos, aquí la sentimos muy cercana, aquí la contemplamos en toda su belleza. Ella es la Virgen Madre, llena de gracia. Que se nos vuelva costumbre, al entrar a la Catedral, venir a contemplarla en su trono y dirigirle una mirada de amor, un piropo cariñoso. Mirarla y dejarnos mirar por Ella.
Al otro extremo, tenemos la Capilla del Santísimo... el dueño de la casa, el Señor de cielo y tierra, el Dios con nosotros, el centro de todos nuestros afectos, el tesoro más valioso que ha custodiado la Iglesia en sus dos mil años de historia: la Eucaristía. Así reunimos las dos grandes devociones del cristiano: la Eucaristía y la Virgen. No se entiende un católico sin Eucaristía. No se entiende un católico que no ame a la Virgen. Por eso, qué tristes los templos protestantes: sin sagrario, sin altar y sin la imagen de la Virgen.
Bajo el bautisterio, se encuentra la cripta de los Obispos... donde aguardan la resurrección final los restos de dos de los Obispos que han regido los destinos de esta Diócesis: Monseñor Antonio José Jaramillo Tobón y Monseñor Augusto Aristizabal Ospina. Es un lugar que conmueve. Ellos, que aquí proclamaron el Evangelio y presidieron como pontófices los ritos sagrados, ahora reposan, confiados en nuestra oración y duermen el sueño de los justos.
También hay en nuestra Catedral un lugar nuevo, que vale la pena valorar con todo su significado: la Capilla de la Beata Madre Laura Montoya. Una mujer de nuestra tierra, nacida en Jericó con apellido muy paisa y ahora en el grupo de los bienaventurados, en los altares. Allí encontramos su figura y la reliquia que contiene una parte de su cuerpo. Aprendamos a querer este lugar, para acogernos a su intercesión y suplicar al Señor que muy pronto podamos tenerla en la lista de los Santos para invocarla como "Santa Laura de Jericó".
En la nave central observamos en las columnas doce cruces, con doce cirios encendidos, que nos hablan de la consagración de este templo. Ungidas esas cruces con el santo crisma, en las columnas que simbolizan los doce Apóstoles. Consagrado el templo, como consagrados somos todos los bautizados, templos vivos del Espíritu, llamados a ser luz en el Señor.
Esta es nuestra Iglesia Catedral. Aprendamos a quererla y en ella aprendamos a amar a la Iglesia. En la Catedral está presente Cristo, Maestro Sacerdote y Pastor en toda su plenitud. Allí reside el misterioso encanto de la Catedral.
Para Cristo se levanta una cátedra, desde la cual y en su nombre, habla el Obispo, maestro autorizado de la verdad. Desde la Catedral habla el Cristo Maestro; cuando el Obispo enseña al pueblo, anuncia el mensaje, denuncia los males existentes.
Para Cristo hay en la Catedral un altar, desde el cual se ofrece al Padre el sacrificio eucarístico, desde donde el Obispo congrega a sus sacerdotes y al pueblo como Iglesia en oración. Por eso en la Catedral, está presente Cristo con la plenitud de su sacerdocio, plenitud conferida al Obispo, que es en la Diócesis el supremo sacerdote a través del cual se distribuyen todos los ministerios para la santificación del pueblo cristiano. No puede haber Iglesia sin Obispo. Y a lo decía San Ignacio de Antioquia: "Nada sin el obispo".
En al Catedral está presente Cristo con su autoridad, porque allí está el Obispo Pastor del rebaño diocesano. Desde al catedral Cristo guía a su Iglesia por los senderos de la salvación. Aquí se siente el Cristo Pastor.
Este es pues el secreto, el misterioso encanto de toda Catedral, por pequeña que sea. No es un interesante monumento arquitectónico, no es un edificio histórico, no es un museo de bellas artes, no es un inmenso salón de conferencias o un auditorio de conciertos para oídos refinados, la Catedral es un templo, donde habita Cristo en toda su plenitud, aquí podemos decir con toda verdad: "Esta es la morada de Dios entre los hombres... aquí Cristo habita entre nosotros". La Catedral es el palacio de Cristo Rey. Es la cátedra del Cristo Maestro. Es el templo de Cristo Sacerdote. Es la sede del Cristo Pastor.
No podemos contentarnos con enorgullecernos de nuestra catedral. Ella es el símbolo externo de la verdadera Iglesia de Cristo, que formamos todos los bautizados, una Iglesia viva que puede mostrar lo que dice al Papa Benedicto XVI: "La Iglesia es joven y está viva". Una Iglesia en actitud de trabajo, empeñada en anunciar el Evangelio, con gran impulso misionero. Una Iglesia dinámica, en continua purificación y reforma, volviendo cada día a sus auténticas tradiciones. Una Iglesia en búsqueda ansiosa de santificación, firme en la profesión de su fe.
Sigamos nuestra celebración, como un canto agradecido al Señor, como una fiesta eclesial, avivando nuestro amor a la Iglesia. Hace hoy, treinta y siete años monseñor Augusto Trujillo Arango, terminaba su homilía en la consagración de la Catedral, con una súplica a la Madre de la Mercedes, repitamos hoy sus mismas palabras:
"Madre de Dios; Madre de la Iglesia, Virgen de las Mercedes: te dedicamos esta Catedral como signo de amor filial, para glorificar tus excelsas prerrogativas y celebrar tu maternal piedad con los hermanos de tu Hijo Jesucristo. Quítanos las cadenas del vicio, del pecado, del demonio, porque Tú sigues siendo celestial libertadora de cautivos. Desde este trono, ilumina con tu luz al pueblo de Dios peregrino y sé para nosotros signo de esperanza y de consuelo, mientras llega el día del Señor. A ti clamamos, oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María?.
Humberto Ochoa Quijano
Presbítero
Jericó Septiembre 20 de 2006 |